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Mi primer día en Japón (3 ¡ahora va en serio!)

Martes, 27 marzo 2012

Pisábamos por fin suelo japonés y nada más salir del avión ya teníamos aviso para mis acompañantes, pues lógicamente ellos pudieron tomar corriendo al enlace en Heathrow pero su equipaje no. Dispuestos como estábamos a aterrizar en el país de la tecnología del futuro, me llamó la atención que el anuncio no fue ni por megafonía ni por los múltiples paneles y pantallas del aeropuerto. Era un simple papel escrito a rotulador pegado en el finger de acceso a la terminal. Eso es una de las cosas que con el tiempo he admirado más de ese país: disponen, en efecto, de la tecnología más avanzada y la aplican a cualquier faceta de la vida, pero cuando lo más funcional es algo tan simple como un papel y un rotulador la tecnología queda relegada. Me viene a la memoria, en estos días de recortes, una pequeña riña en mis primeros días de trabajo en la administración pública, cuando me asignaron un trabajo en el archivo. Me reprendieron por escribir con boli las indicaciones en el exterior de los archivadores porqué quedaba “muy feo”, aunque obviamente no quedaba a la vista del público. Costó 3 o 4 impresiones, que acabaron en la basura, ajustar el contenido al tamaño de las etiquetas adhesivas que tuve que superponer, resultando que hice el mismo trabajo dos veces y consumí más del doble de tiempo y recursos.

También sorprende que un aeropuerto tan grande y transitado como Narita de esa impresión de estar vacio. No se si es por la hora o por la organización del espacio, pero cada vez que regreso, la terminal de llegadas se me hace un lugar espectral. Otro impacto inmediato fue el olfativo. Una especie de asepsia ambiental, por la extrema pulcritud de la limpieza, domina los edificios y servicios públicos. También el jabón de manos tenía ese olor químico que aún asocio con Japón, aunque es cierto que en los siguientes viajes parece que los jabones en lugares públicos se han diversificado y los hay con perfumes más agradables. Y claro, el descubrimiento de los lavabos. Al inevitable inodoro con washlet automático hemos de sumar el tradicional excusado japonés, en el que hay que acuclillarse y cuya técnica aún no domino. Las pocas veces que lo uso tengo un miedo de perder el equilibrio y acabar con toda la ropa pringada…   Primera “lección” de japonés: la traducción de “roca” parece que es “toto”.

Siguiendo las indicaciones, tras el paso por inmigración y todo eso, fuimos al mostrador a informarnos sobre el asunto equipajes. La amable empleada nos explicó que las maletas de mis amigos llegarían en el siguiente vuelo, al día siguiente. El conflicto llegó al hacerle notar que no las podía dejar en recepción, porque no estaríamos en ningún hotel, así que se comprometió a llamarnos previamente para anunciarnos la hora de entrega, para que pudiésemos turistear a placer sin estar a la espera todo el día enjaulados en el piso. Incluso nos anunció alegremente que una de sus compañeras hablaba español, y que si coincidía en ese turno nos llamaría ella para atendernos en nuestro idioma.

Así que nos fuimos contentos y ligeros, sólo con mi maleta, a recoger nuestros rail-pass y llegar a Tokyo con el Narita Express. La estación dentro del mismo edificio aeroportuario, todo limpio y reluciente que se podía comer en el suelo, y el N’Ex en la misma tónica: moderno, impecable y casi vacío, con sus vendedoras de catering doblándose como las cucharas de Uri Geller cada vez que entraban o salían del vagón. Ya sabíamos de la costumbre de saludar y agradecer con reverencias, pero lo de hacerlo al entrar y salir del vagón me sorprendió y me sigue fascinando, como cuando se inicia un telediario, o cuando los empleados de un centro comercial llegan o abandonan su sección. Aunque nadie les mire, siempre hay reverencia.

Incomprensiblemente, mis acompañantes se durmieron tan rápido como en el avión, pero yo no podía dejar de mirar por la ventanilla para deleitarme con esos paisajes nuevos. Unos minutillos del ambiente rural de campos de arroz, colinas con los espesos bosques de bambú y casas con el característico tejado de tonos metálicos. El inconfundible verde intenso que domina el paisaje japonés es algo muy llamativo para quien sólo ha conocido el color amarillento del verano mediterráneo.

Cruzando el río Edogawa con el N'ex bajo un proverbial aguacero

Cruzando el río Edogawa con el N'ex bajo un proverbial aguacero

Y enseguida cemento. Primero las casitas, aparentemente pequeñitas, cada vez más juntas  pero sin llegar a adosarse nunca aunque en ciudad la distancia pueda ser de menos de un palmo, que no me explico cómo pueden pintar o enlosar esos muros si no cabe un rodillo. Y claro, llegan los rascacielos. Y también llegó otra cosa: la lluvia. La forma inaudita de pasar del sol abrasador a la lluvia más torrencial, para volver a la insolación masiva en cuestión de minutos me impresionó. Luego descubriríamos que en casi todas las tiendas venden estos simpáticos paraguas transparentes por 400 yen.

Observé también, al llegar a las estaciones, que los locales rescataban de bolsos y bolsillos unas pequeñas toallas finas, cuadraditas. En cuanto salimos del N’Ex y su acondicionado microclima, comprobamos rápidamente que se trataba de un artículo imprescindible para combatir la terriblemente incómoda humedad del verano japonés, que me devolvió la imagen en blanco y negro de Shimura Takashi secando su frente en una pequeña y fina toallita cuadrada en Ikiru.

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3 comentarios leave one →
  1. henry permalink
    Martes, 29 mayo 2012 '2:29'

    gracias por compartir tus experiencias espero q sigas .

    • 保瀬 permalink*
      Martes, 29 mayo 2012 '15:09'

      Henry, bienvenido a este blog que ahora tengo un poco descuidado por falta de tiempo, pero no pienso abandonar. De hecho falta una 4ª parte del relato. Me pondré a ello en cuanto mis obligaciones me den un respirillo. Saludos

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