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Mi primer día en Japón (y 4)

Miércoles, 19 septiembre 2012

Quedaba pendiente finalizar mi relato “iniciático”, continuar la tercera entrega para concluir el relato iniciado en marzo con dos entradas ya lejanas. Y es que el tema tiene algo de saga heroica.

Estábamos por fin mis dos amigos y yo “disfrutando” el tórrido agosto tokyota en la estación central de la ciudad, intentando aclararnos con las indicaciones. Recorrer con la vista la profusión de incomprensibles carteles que indicando los numerosos andenes y líneas de la estación de Tokyo impresionaba, por no hablar de la megafonía, tonos, politonos y avisos no dejaban de resonar. Poco después comprobaríamos que eso no era nada comparado con la estación de Shinjuku, más grande y caótica. Si ya es complejo orientarse en la mastodóntica instalación, la cosa se agravaba por encontrarse el espacio en obras (sí amigos que habéis estado recientemente allí, las actuales obras de Tokyo-eki ya estaban en marcha en 2006. En ese momento afectaban a la ahora flamante parte sur y la fachada aún no estaba cubierta por andamios. Si no me equivoco, estos dias han acabado de remozar la fachada y no falta demasiado para concluir los interiores de la parte norte). Tras un golpe de Chûô hasta Ochanomizu para enlazar con una pincelada de Sôbu -comenzaba a familiarizarme con esa nomenclatura, imprescindible en el devenir diario de la capital- nos plantamos,  muchos minutos más tarde de los que pudo haber sido, en Iidabashi. No fue sencillo aclararnos con los transbordos y las líneas, pero si apasionante sentirte allí totalmente abrumado y recorrer por primera vez con la vista desde el paso elevado del tren lugares luego tan queridos.

Planito en mano y ante la ausencia momentánea de lluvia, plantee la posibilidad de encontrar a pie el piso. Mis acompañantes respondieron dirigiéndose al primer taxi que se cruzo por nuestro camino. Hicieron bien en no confiar en mi criterio, pude comprobar después que mi orientación no era la correcta.

La cara de perplejidad que se nos debió quedar al ver la puerta abrirse sola debió ser de foto. El viaje fue corto pero aprovechado. El amable chofer que nos condujo a “casa” descubrió con regocijo nuestra procedencia, por lo que pudo practicar insistentemente durante los cuatro minutos la única frase que conocía en nuestro idioma: ¿cómo está usted? La escena fue muy simpática, más teniendo en cuenta la funda de ganchillo que cubría la tapicería (modelo que decora todos los taxis japoneses, y muchos vehículos privados) y los guantes a lo Mickey Mouse que lucía el uniformado chofer (modelo que lucen taxistas, policías y cuerpos uniformados varios).

Yo iba bastante ocupado en fijarme en el entorno. Mi amiga tuvo la precaución de fotografiar y mostrarme algunas imágenes del recorrido, así que pude reconocer los espacios y el puente que debíamos cruzar para llegar a su domicilio. Pero el particular concepto urbanístico japonés no facilita las cosas. Allí no se da nombre a las calles, esencialmente porque a menudo no hay calles. La dirección se explicita situando un determinado lote de tierra que se ha dividido y numerado. De ese modo, desde donde nos pudo dejar el taxi, no se veía el edificio de nuestro destino, y yo en mi introspección dejé a los compañeros pagando el trayecto y me adentré en el ¿callejón? hasta comprobar satisfecho que, en efecto, ese era el lugar. Y cuando me giré para anunciar tan grata noticia me quede helado al ver que la puerta se cerraba y el taxi arrancaba… con mi maleta en su interior. En medio minuto de sprint me convencí de haber perdido mi equipaje y la forma física. La lógica dictaba volver a la parada de taxis junto a la estación. En medio minuto más, me convencí de que tal vez mi lógica iba a servir de poco en aquel remoto lugar cuando mi amigo, que había corrido como pollo sin cabeza en la dirección contraria, llegó con la recuperada bolsa, tras dar el alto al atónito taxista, encontrándolo a la vuelta contraria de la manzana.

Bueno. Ya estábamos en casa. Tocaba familiarizarse con la existencia del genkan, entradita a diferente nivel para descalzarse, y tomar una reparadora duchita. Bueno, al menos yo que tenía ropa de recambio. Los demás, como no tenían maleta para deshacer, se peleaban con el incomprensible mando a distancia del aire acondicionado, la clave para poder soportar esa tórrida humedad. Fue también el momento de otro descubrimiento. Con la ventana abierta se escuchaba el sonido de un motor arrancando. Luego tomaba velocidad y la máquina ya funcionaba a toda potencia. Nos pareció que por la zona debía haber obras. Horas después ya sabíamos que los insectos del verano nipón pueden son de un tamaño y sonoridad asombrosa.

Estábamos ya dispuestos a descubrir la gran capital del este y Tokyo nos recibió con los brazos abiertos: antes de llegar a la estación nos obsequió con uno de sus proverbiales y apocalípticos aguaceros repentinos. Apenas nos dio tiempo a resguardarnos en un restaurante que teníamos allí a mano. El restaurante era estrecho como la cocina de mi piso y como de cinco plantas. Una peculiaridad de los establecimientos tokyotas, estrechez y altura, tan sorprendente en ese momento como la llegada de cada plato, que habíamos pedido al tun tun sin entender nada.

Nos dirigimos a continuación a Akihabara, la zona más deseada por los amantes de la electrónica y el mundo otaku. Profusión de neones multicolores, todo  estrecho y hacia arriba, tiendas en cualquier hueco, todo allí apelotonado, abigarrado.

Llegada la hora de recogerse, seguimos disfrutando las curiosidades del lugar por el camino a casa, viendo como se retraían hacia arriba los surtidores de las gasolineras, o como los coches de los paisanos eran literalmente archivados en aparcamientos automáticos, o comentando la profusión de cables por el aire. Y cables no hay pocos, que al principio te parece bastante antiestético, hasta que acaba siendo otra característica indispensable en el mapa emocional. ¡Ah! También descubrimos el Bubleman, un maravilloso refresco con sabor a petazetas. Yo personalmente me decanto por Bubleman II, de sabor más intenso y color azulón. Nunca más he vuelto a encontrar semejante brebaje en tiendas ni aparatos de vending.

Muy emocionante fue también el preparar por primera vez el aposento para un reparador sueño sobre el futón. Allí tumbado me sentí contento, rememorando lo ocurrido y disfrutando del momento, dispuesto a dormir por fin tras más de 40 horas despierto caí rendido, orgulloso de mi capacidad de adaptación a las costumbres del lugar. Días después, cuando la anfitriona regresó a Tokyo, me advirtió que había pasado las cuatro noches iniciales durmiendo sobre el edredón y tapándome con el colchón.

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