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2013: verano Ghibli

Jueves, 13 diciembre 2012

Pese al poco tiempo que tengo para dedicar al blog, hoy breve pero inevitablemente, debo postear las jugosas noticias que nos llegan de Japón.

Y es que no sólo se ha confirmado el largamente rumoreado proyecto de Takahata Isao sobre el clásico Taketori Monogatari http://www.kaguyahime-monogatari.jp/, paralelamente se ha anunciado una nueva película de Miyazaki Hayao http://www.kazetachinu.jp/. Ambas producciones, según los posters promocionales difundidos, se estrenarán el próximo verano.

Creo que esta segunda noticia, sobretodo por inesperada, habrá emocionado a más de un aficionado. Sin embargo, personalmente, me crea más expectación el nuevo trabajo de un más imprevisible Takahata, más tras ver esa prometedora primera imagen del póster.

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No me gusta mi anterior post

Miércoles, 3 octubre 2012

Pasada ya la ventolera de indignación que me produjo la lectura del artículo criticado en mi entrada anterior, reflexiono un tanto sobre lo que escribí y debo decir que no me gusta mi post anterior.

Por un lado, el fight fire with fire no suele ser efectivo y sólo me gusta si lo canta Metallica; por otro, en entradas recientes me he permitido dar lecciones morales sobre cómo responder en situaciones similares, por lo que ahora puede parecer que me contradigo y no me aplico mis propias recetas. Aunque no es exactamente así, no estoy satisfecho con lo que escribí.

Cuando tenga un ratito editaré esta entrada para acabar de explicarme mejor.

El Periódico pone de moda el periodismo en el ojete

Martes, 2 octubre 2012

He escogido un titular llamativo para este post, pero bueno, emulando el del artículo que quiero comentar, aparecido en el mencionado diario barcelonés de tirada nacional y amplio seguimiento popular.

El artículo en cuestión se titula “Japón pone de moda el donut en la frente” y es una perla cultivada de alto periodismo de investigación. Resulta que un fotógrafo japonés, un tal Maeda, aficionado al rollo piercing, ha ido más allá inventando un mejunje que se inyecta bajo la piel produciendo una inflamación temporal que se puede moldear. Según nos ilumina el profético texto “En el imperio del sol naciente lo que más se lleva es presionar el centro, con lo que se le da a la deformidad un aspecto de rosca, rosquilla, donut o ‘bagel’“. Osea que inyectar, apretar con el dedito y ¡tachán! ¡ya tenemos un japonés con un donut en el occipital! ¡Corramos todos a publicar noticias de alto valor informativo!

Esto debió pensar L. E. cuando no daba crédito a sus ojos paseando por Shibuya sin parar de ver jóvenes fashion con su donut frontal. Mucho mayor impresión se llevó cuando vio lucirlo en ciudades de provincias como Okayama o Niigata. Pero el colmo fue su visita a una humilde zona rural donde varias abuelas lucían orgullosas su rosquilla chichonera mientras daban de comer a las gallinas. Y es que “la moda de llevar un donut infiltrado de carne y hueso en mitad de la frente, que hace furor en Japón y que, como todo lo que llega de acullá, es muy probable que acabe meses después acá. Ya se verá“. Pues no se si se verá, pero de momento hay una persona que no lo ha visto personalmente. A tenor de la formula con que encabeza su magistral artículo (LAURA ESTIRADO/Barcelona), parece que la ¿periodista? no ha puesto un pie en Japón y se ha limitado a ver desde su butaca el avance promocional de un vídeo que próximamente emitirá un canal de televisión, y de ahí le ha dado no sólo para generar una noticia, sino para afirmar con contrastados y concluyentes datos que el invento causa furor en Japón.

Para redondear más la jugada, no sea que los despistados lectores no sepan captar tanta sutileza, se subraya mediante el destacado que “Occidente recibe con perplejidad la llegada de los ‘bagelheads’, rosquillas de suero fisiológico infiltradas en la testa“. Faltaría más, que los que son un hatajo de pirados son ellos. Nosotros, en un nuevo alarde de nuestra consabida cordura y buen criterio, acogemos este fenómeno de masas con tanta y tan contrastada perplejidad como furor causa en Japón. Que lo se yo y por eso lo escribo, que de esto nadie tenía conocimiento antes de leer estas líneas pero el sentimiento unánime es de perplejidad…

No me molesta que se publiquen (entre las noticias de verdad) ciertas curiosidades que puedan amenizar al lector y distraer un rato de las desgracias que tenemos que soportar para informarnos. Lo que molesta es el tono, el trasfondo con que está redactado. La indignación me lleva a investigar (levemente, no he pasado de googlear) en la red y veo que el tema lleva ya dos días siendo tratado en otros medios españoles (¡llegas tarde EP!), y también que algunos son capaces de escribir sobre ello sin ofender ni creerse mejor que nadie.

Laura, querida, a pesar de todo diré en tu descargo que tu no tienes la culpa. La indignidad editorial de un medio que encarga y difunde esas letras mal juntás es más reprobable que el artículo mismo. Espero que tus próximos encargos sean de periodismo autentico y puedas desarrollar tu profesión sin tener que avergonzarte de ella.

Mi primer día en Japón (y 4)

Miércoles, 19 septiembre 2012

Quedaba pendiente finalizar mi relato “iniciático”, continuar la tercera entrega para concluir el relato iniciado en marzo con dos entradas ya lejanas. Y es que el tema tiene algo de saga heroica.

Estábamos por fin mis dos amigos y yo “disfrutando” el tórrido agosto tokyota en la estación central de la ciudad, intentando aclararnos con las indicaciones. Recorrer con la vista la profusión de incomprensibles carteles que indicando los numerosos andenes y líneas de la estación de Tokyo impresionaba, por no hablar de la megafonía, tonos, politonos y avisos no dejaban de resonar. Poco después comprobaríamos que eso no era nada comparado con la estación de Shinjuku, más grande y caótica. Si ya es complejo orientarse en la mastodóntica instalación, la cosa se agravaba por encontrarse el espacio en obras (sí amigos que habéis estado recientemente allí, las actuales obras de Tokyo-eki ya estaban en marcha en 2006. En ese momento afectaban a la ahora flamante parte sur y la fachada aún no estaba cubierta por andamios. Si no me equivoco, estos dias han acabado de remozar la fachada y no falta demasiado para concluir los interiores de la parte norte). Tras un golpe de Chûô hasta Ochanomizu para enlazar con una pincelada de Sôbu -comenzaba a familiarizarme con esa nomenclatura, imprescindible en el devenir diario de la capital- nos plantamos,  muchos minutos más tarde de los que pudo haber sido, en Iidabashi. No fue sencillo aclararnos con los transbordos y las líneas, pero si apasionante sentirte allí totalmente abrumado y recorrer por primera vez con la vista desde el paso elevado del tren lugares luego tan queridos.

Planito en mano y ante la ausencia momentánea de lluvia, plantee la posibilidad de encontrar a pie el piso. Mis acompañantes respondieron dirigiéndose al primer taxi que se cruzo por nuestro camino. Hicieron bien en no confiar en mi criterio, pude comprobar después que mi orientación no era la correcta.

La cara de perplejidad que se nos debió quedar al ver la puerta abrirse sola debió ser de foto. El viaje fue corto pero aprovechado. El amable chofer que nos condujo a “casa” descubrió con regocijo nuestra procedencia, por lo que pudo practicar insistentemente durante los cuatro minutos la única frase que conocía en nuestro idioma: ¿cómo está usted? La escena fue muy simpática, más teniendo en cuenta la funda de ganchillo que cubría la tapicería (modelo que decora todos los taxis japoneses, y muchos vehículos privados) y los guantes a lo Mickey Mouse que lucía el uniformado chofer (modelo que lucen taxistas, policías y cuerpos uniformados varios).

Yo iba bastante ocupado en fijarme en el entorno. Mi amiga tuvo la precaución de fotografiar y mostrarme algunas imágenes del recorrido, así que pude reconocer los espacios y el puente que debíamos cruzar para llegar a su domicilio. Pero el particular concepto urbanístico japonés no facilita las cosas. Allí no se da nombre a las calles, esencialmente porque a menudo no hay calles. La dirección se explicita situando un determinado lote de tierra que se ha dividido y numerado. De ese modo, desde donde nos pudo dejar el taxi, no se veía el edificio de nuestro destino, y yo en mi introspección dejé a los compañeros pagando el trayecto y me adentré en el ¿callejón? hasta comprobar satisfecho que, en efecto, ese era el lugar. Y cuando me giré para anunciar tan grata noticia me quede helado al ver que la puerta se cerraba y el taxi arrancaba… con mi maleta en su interior. En medio minuto de sprint me convencí de haber perdido mi equipaje y la forma física. La lógica dictaba volver a la parada de taxis junto a la estación. En medio minuto más, me convencí de que tal vez mi lógica iba a servir de poco en aquel remoto lugar cuando mi amigo, que había corrido como pollo sin cabeza en la dirección contraria, llegó con la recuperada bolsa, tras dar el alto al atónito taxista, encontrándolo a la vuelta contraria de la manzana.

Bueno. Ya estábamos en casa. Tocaba familiarizarse con la existencia del genkan, entradita a diferente nivel para descalzarse, y tomar una reparadora duchita. Bueno, al menos yo que tenía ropa de recambio. Los demás, como no tenían maleta para deshacer, se peleaban con el incomprensible mando a distancia del aire acondicionado, la clave para poder soportar esa tórrida humedad. Fue también el momento de otro descubrimiento. Con la ventana abierta se escuchaba el sonido de un motor arrancando. Luego tomaba velocidad y la máquina ya funcionaba a toda potencia. Nos pareció que por la zona debía haber obras. Horas después ya sabíamos que los insectos del verano nipón pueden son de un tamaño y sonoridad asombrosa.

Estábamos ya dispuestos a descubrir la gran capital del este y Tokyo nos recibió con los brazos abiertos: antes de llegar a la estación nos obsequió con uno de sus proverbiales y apocalípticos aguaceros repentinos. Apenas nos dio tiempo a resguardarnos en un restaurante que teníamos allí a mano. El restaurante era estrecho como la cocina de mi piso y como de cinco plantas. Una peculiaridad de los establecimientos tokyotas, estrechez y altura, tan sorprendente en ese momento como la llegada de cada plato, que habíamos pedido al tun tun sin entender nada.

Nos dirigimos a continuación a Akihabara, la zona más deseada por los amantes de la electrónica y el mundo otaku. Profusión de neones multicolores, todo  estrecho y hacia arriba, tiendas en cualquier hueco, todo allí apelotonado, abigarrado.

Llegada la hora de recogerse, seguimos disfrutando las curiosidades del lugar por el camino a casa, viendo como se retraían hacia arriba los surtidores de las gasolineras, o como los coches de los paisanos eran literalmente archivados en aparcamientos automáticos, o comentando la profusión de cables por el aire. Y cables no hay pocos, que al principio te parece bastante antiestético, hasta que acaba siendo otra característica indispensable en el mapa emocional. ¡Ah! También descubrimos el Bubleman, un maravilloso refresco con sabor a petazetas. Yo personalmente me decanto por Bubleman II, de sabor más intenso y color azulón. Nunca más he vuelto a encontrar semejante brebaje en tiendas ni aparatos de vending.

Muy emocionante fue también el preparar por primera vez el aposento para un reparador sueño sobre el futón. Allí tumbado me sentí contento, rememorando lo ocurrido y disfrutando del momento, dispuesto a dormir por fin tras más de 40 horas despierto caí rendido, orgulloso de mi capacidad de adaptación a las costumbres del lugar. Días después, cuando la anfitriona regresó a Tokyo, me advirtió que había pasado las cuatro noches iniciales durmiendo sobre el edredón y tapándome con el colchón.

¿Te gusta conducir?

Jueves, 30 agosto 2012

¿Asfalto melódico? Pues sí, en tres carreteras secundarias de Japón existe el pavimento musical. Al parecer, unas marcas accidentales en unos trabajos con bulldozer inspiraron a un tal Shinoda Shizuo para diseñar pavimentos que, a la velocidad recomendada, generen una determinada melodía por la fricción con los neumáticos. Vivir para… ¡oir!

Parece que la idea, además de curiosa, es aplicable para forzar a los conductores a observar la limitación de velocidad. Yo lo veo más bien aplicable a atraer turistas y curiosos.

Otro vídeo, en idioma inidentificado y sin subtítulos, pero con buen audio y más explicativo.

Se fue, se queda

Domingo, 5 agosto 2012

Ay de mí, Llorona, Llorona,
Llorona de cal y tierra,
La cal de tus blancas manos, Llorona,
La tierra de cuando muera.

Si me voy siento una pena, Llorona,
Si me quedo siento dos,
Por no sentir ni una pena, Llorona,
Ni me quedo ni me voy.

 

Té japonés & café Usagui · うさぎ喫茶店

Domingo, 22 julio 2012

En los últimos años ha proliferado en Barcelona la oferta de establecimientos con productos japoneses. A los clásicos restaurantes (algunos muy buenos y otros de “autenticidad discutible”), se han unido tiendas de artesanía, tejidos, tofu artesano, … Pero había una categoría que, pese a contar con alguna prestigiosa excepción, era necesario reforzar: la de cafetería con repostería típicamente nipona. Pues bien, ya tenemos en la ciudad una nueva y magnífica propuesta en ese sentido. Usagui Café ha abierto sus puertas para ofrecernos todo el sabor y el ambiente de un kissaten japonés.

Me ha encantado la decoración, muy sencilla y combinando a la perfección elementos de mobiliario y menaje japoneses en un espacio reconociblemente barcelonés. El logo también merece una mención y el reconocimiento para la diseñadora, con la figura del conejito (usagi, en japonés) sirviendo el té. Pero sin duda lo mejor de todo es degustar las variedades que ofrece, tanto de tés diversos como de la estupenda repostería que ofrecen, todo artesanal.

¡Ya no tengo que esperar mi regreso a Japón para comer melonpan! ¡Muchas gracias Usagui, y enhorabuena!